Nadie advirtió que una vez que
llegabas a sentir el viento te encontrabas con la multiplicación de senderos.
Nadie lo dijo.
Me cargué la mochila y cavé sobre
aquellos obstáculos que no me dejaban sentir la fuerza de la libertad, pero
ahora no tengo nada más que un pozo ciego. Aquél que como por arte de magia se
multiplicó. Qué lindo es sentir el viento pero ¿me tengo que dejar llevar por
él o crear mi propia corriente? ¿Y si la creo, hacia dónde? ¿Y si me equivoco?
Pienso que el tiempo lo tengo, el
tiempo es mío y de nadie más. Pero ¿será? Al fin y al cabo la apertura mental y
del alma también deja lugar para las equivocaciones. ¿Y si me equivoco? ¿Es
realmente un problema?
¿Qué me pasa? ¿A dónde voy?
Tenía todo en claro hasta que sentí a
flor de piel las variedades de la vida, su diversidad y tamaño. Como hoja en
otoño mis certezas, que creía firmes y sólidas como el junco, cayeron y me
dejaron en la nada. Esa nada misma que es tan pacífica y libre como
desesperante y ambigua.
En la anomalía de estar a la deriva,
trato de no pensar y que me apure el deber social, inclusive mi súper-yo. Pero
sí que tengo un deber, la gente corre, las oportunidades pasan –al menos eso me
dijeron- y yo parada, en la cima de la montaña, sintiendo ese viento puro,
retrato exacto de la libertad, que tanto me costó alcanzar, sin saber para
dónde apuntar ni qué escribir sobre la hoja en blanco que soy y que yo misma me
encargué de borrar.
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